En 2008, un japonés conocido como Satoshi Nakamoto viajó a Guatemala para iniciar una nueva vida. Como sucede con muchos extranjeros, se enamoró de una guatemalteca (y es que son muy lindas…) y fue ella quien lo inspiró a fundar un ambicioso proyecto. Nakamoto soñaba con crear un mundo de juegos para niños y adolescentes a los que llamó los early adopters (es decir, los primeros en probar y dominar una tecnología). Viniendo él de una cultura japonesa, creadora de tecnología y juegos de video, Satoshi le preguntó a su esposa cuál era el centro de juegos más icónico de Guatemala. Ella había crecido en la zona 1 de Guatemala durante la década de los noventa y respondió: —Los Capitol. Ahí estaban las maquinitas de mi tiempo—. El centro comercial del cine Capitol era famoso por sus salas de juegos, con mesas de billar y máquinas de arcade. Maquinitas se les decía a los videojuegos en aquella época, cuando reinaban los controles de dos botones y un cursor; no como ahora que tienen 17 botones, 3 pads, dos joysticks y hasta comandos de voz.

Satoshi sentía una gran pasión por los videojuegos; incluso había sido campeón en su país. Así que fue a los Capitol a alquilar un local para montar sus maquinitas. También trajo de varios países nuevos títulos de juegos que pudieran gustarle a sus early adopters. Sentado en el Fulusho, un restaurante clásico de la zona 1, afamado por sus batidos de vainilla, él descubrió que sus clientes eran los más jóvenes, que normalmente dependían de sus padres. Para poder comprar en su local, los papás debían ir al banco, escribir un cheque, esperar que un cajero validara si la cuenta tenía fondos y, finalmente, entregarle el dinero a los niños que se morirían por venir al Arcade de Satoshi.

Todas las mañanas, durante un mes, Satoshi se sentó en el mismo lugar a tomar un café. Sacaba su libreta de apuntes, que en la portada decía “Un día la disciplina vencerá a la inteligencia”, y ahí anotaba todo lo que veía y hacía diariamente. Necesitaba facilitarle a los más jóvenes, sus early adopters, la forma de comprar sin depender de un banco o un cajero. Pensaba que ellos debían tener su propio dinero, con validez exclusiva dentro de su local. Y ahí mismo se le ocurrió crear su propia moneda, que bautizó tokens, y decidió plantearla sin la dependencia del sistema bancario.

Un día, sentado ahí con su café, Satoshi vio a una señora pedir un chao-mein de pollo en el restaurante. Después de esperar en la barra, la mujer recibió su pedido, tomó su cuenta y se fue. Pero siete minutos después, volvió muy molesta a la caja.

—Señor, me cobró dos veces. Devuélvame mi dinero.
El cajero se disculpó y respondió nervioso.
—Con gusto… Es solo que… como pagó con tarjeta de crédito debo esperar la confirmación del banco. Y luego, cuando se haga el corte y tenga el dinero se lo podré devolver… Por favor, regrese en cinco días para devolverle el dinero y… De nuevo, disculpe. Aquí hay unas galletas de arroz por la molestia. —No puede ser. No puedo esperar cinco días. Ya casi es Halloween y tengo que comprar un disfraz para mi hijo. ¡Sáquelo de su caja registradora!
—Disculpe, Señora. No puedo hacer eso, porque al final del día me va a descuadrar la caja y me lo van a cobrar a mí. Y esto hasta me puede costar el trabajo…
La discusión no iba para ningún lado, pero Satoshi pensó “¿Cómo puedo evitar este doble gasto? ¿Qué puedo hacer para que esto no suceda?”. La respuesta lo golpeó como un rayo. Satoshi anotó: “Ya todos podrán tener mi moneda dentro de mi arcade. Pero para evitar que pase esto del chao-mein, voy a apuntar todas las transacciones. Así, si todos tenemos un registro, va a ser más fácil saber si alguien se confundió. Nadie tendrá que esperar cinco días por un reembolso. También tendré cuatro ayudantes a los que llamare nodos, y ellos se van a encargar de apuntar todas los gastos y compras de la moneda en el local. Debo seguir afinando los detalles.” Satoshi estaba feliz.

Tres días después, Satoshi, siempre con su libreta en mano, bebía otro café mientras esperaba noticias del puerto con sus juegos de video. De pronto vio una cara familiar: la señora del chao-mein había vuelto. Esta vez no estaba el mismo cajero y la señora, muy tranquila pero formal se acercó a la caja registradora.

—Buenas noches. Vengo a ver si ya está lista mi devolución. Pero usted no es el cajero que me atendió… Quiero hablar con el supervisor.
—Disculpe, Señora. ¿Cuándo vino usted?
—Vine hace tres días, al mediodía, y compré un chao-mein de pollo que me cobraron dos veces en mi tarjeta de crédito. En dos semanas es Halloween y realmente necesito ese dinero para hacerle un disfraz sencillo a mi hijo. Según el otro cajero es la transacción 23. Por favor, ayúdeme— dijo ella con tono muy firme.

El cajero buscó en un cuaderno.
—Señora, aquí dice que la transacción 23 pertenece a un señor que pidió un wantan de camarón. Voy a hablar con el supervisor.

El cajero se fue a la oficina y regresó con el supervisor, que se veía muy apenado.
—Señora, le ofrezco mil disculpas. Ricardo, el cajero que la atendió, no viene los jueves. Tendrá que esperar a mañana a que venga.
La señora suspiró resignada.
—Bueno, vengo mañana.
Satoshi había presenciado toda la escena y pensó: “¿Qué puedo hacer para que los números de compras sean únicos? Así no importa si falta un usuario, porque siempre vamos a saber de quién es una compra… Pero, ¿quién maneja esos números?” La respuesta volvió con más fuerza.
Satoshi anotó: “Voy a asignar a una o más personas que monitoreen qué número de orden está activo. Así, ellos le darán seguridad a lo usuarios de que su compra es única y que todos conocen el número de esa transacción. Van a hacer como los mineros en busca del oro, y por eso los llamare mineros. Es más, a cualquier persona que quiera trabajar llevando la cuenta se lo permitiré. Al final, me está ofreciendo sus ojos y su cabeza para vigilar el número de compra siguiente, y así garantizo que siempre habrá alguien controlando la numeración.”
“Entonces los nodos que atienden el arcade anotarán en su libreta el número que un minero les asigne. Serán la transacción uno, dos, tres… etcétera. Y para que todos sepan que empiezan en cero, la primera transacción la escribiré yo. La llamaré Génesis, como en la Biblia.”

Las máquinas de juego finalmente llegaron. Satoshi pintó el local él mismo, instaló la corriente, colocó la iluminación, alfombró… Hizo el espacio oscuro para que siempre se sintiera de noche en el local, para que las luces brillaran con más intensidad y el tiempo no se sintiera pasar. Satoshi no descansó entre cada instalación y remodelación, y poco a poco vio sus ahorros desvanecerse. Cuando se quedó sin dinero, pensó: “¿Y ahora cómo voy a hacer publicidad? ¿Cómo le voy a pagar a los empleados?” Ahí vino la afortunada tercera idea. Satoshi anotó: “Voy a generar monedas de tokens para usar los juegos de video y voy a regalárselas a los primeros usuarios que vengan. O bien, las voy a vender más baratas en la introducción. Con estas mismas monedas voy a pagarle a los nodos y mineros para que revendan sus tokens y así cobren su sueldo. Sé que no les van a aceptar tokens para pagar el almuerzo, pero por lo menos aquí dentro no tendrán que depender de ir al cajero o al banco. Ese fondo de publicidad y pago, que además me va a servir para pagar la renta de los primeros meses, va a estar validado por los mineros, digámosle preminado. ¡Mi idea ya está tomando forma!”

Ya era casi 28 de octubre de 2008, y faltaban pocos días para inaugurar el local. Cansado y con hambre, Satoshi fue a cenar al mismo restaurante; traía una nueva libreta que decía en la portada “El tesoro más grande son tus amigos”. Entró al local un gringo a pedir una sopa-mein de pollo, y comió en una mesa que estaba justo enfrente de Satoshi. Cuando llegó la cuenta, el gringo le preguntó al mesero con un acento muy marcado:

—¿Cuánto le debo en dólares?
El mesero hizo una cara de preocupación.
—No sé, Señor… Le preguntaré al supervisor.
Al volver, el mesero aún se veía incómodo.
—Dice que a Q7.00 le cobra cada dólar. Por lo que son $8.00 lo que debe.
—¡Pero en el banco me dicen que el dólar está casi a Q8.00! No tiene mucho sentido, ¿eh? Pero bueno, no importa. Aquí están sus dólares.
El cliente se fue refunfuñando. Pero Satoshi en ese momento pensó: “Necesito que los jugadores compren sus tokens con alguien. Ese alguien podría ser mi esposa. Y para no manejar dinero en la tienda, ella lo puede hacer desde la casa. Sí, mi casa será la casa de cambio y ahí la gente podrá canjear quetzales por tokens. Incluso los empleados podrán cambiar ahí sus monedas para pagar la luz, el agua y el almuerzo. ¡Listo!” Así nació el modelo de la casa de cambio que la esposa de Satoshi iba a atender desde el pequeño apartamento de la pareja frente a la iglesia de San Francisco.

Faltaban solo dos días para la apertura y una tubería en el baño de hombres se rompió. Satoshi no tenía más que los tokens que había preminado y necesitaba pagarle al plomero que no le iba a aceptar esta nueva moneda; y de paso, en la casa de cambio de su esposa no había quetzales. Esperaba al plomero, sentado frente al local, cuando pasó la señora de la cafetería de enfrente y vio una mueca de tristeza en la cara del siempre contento japonés.

—¿Qué pasa, Satoshi? ¿Qué paso con ese ánimo?
—Doña Tere, se rompió una tubería y no tengo dinero para pagarle al plomero que viene en camino. —No se aflija, Satoshi— sonrió Doña Tere. —Yo le puedo prestar y en pago deme los tokens. Un día, cuando tenga muchos patojos jugando, esos tokens van a costar un montón de dinero.
Los ojos de Satoshi brillaron.
—¿Usted de verdad haría eso por mí?
—Sí, claro, Satoshi. Con gusto.

El japonés recuperó sus ánimos y corrió por su libreta para garabatear a la carrera.
—Esta sería la Venta Inicial de tokens. Y además, usted me ayudará a decidir cuánto va a costar cada uno, porque yo no sabía de dónde sacar el precio…
—Bueno, dígame. ¿Cuánto necesita?
—Necesito Q100.00 y le puedo dar 200 tokens. ¿Está de acuerdo?
—¿Eso quiere decir que cada token cuesta Q0.50?
—¡Así es! Pero cada vez que alguien compre, el precio de cada token va a subir porque no voy a hacer más tokens, excepto para pagar la propina de los mineros. Entonces siempre van a ser los mismos tokens, pero habrá más dinero. Así que si ahora usted me los compra en Q0.50 cada uno… ¡Mañana pueda ser que cada uno valga hasta Q10.00!
—Claro que sí, Satoshi. ¡Qué gusto ayudarle! Vaya a traerme los tokens y aquí le dejo los Q100.00.

Satoshi llamó a un Aníbal, el Ayudante Nodo y le dictó esta transacción: “Satoshi le dio 200 tokens a Doña Tere por Q100.00”. A lo que él contestó:
—Espéreme, Don Sato, que voy a preguntarle a Mario, el Supervisor Minero, cuál transacción toca—. Se oyó a Mario gritar desde el fondo: —¡La cuatro! —.

Aníbal apuntó en el libro, Satoshi le entregó los tokens a Doña Tere, y el plomero recibió su pago. Ese día, se estableció que el precio de cada token era de Q0.50.
—Aníbal, que no se te olvide decirles a los otros ayudantes nodos de esta transacción…
—No se preocupe, Don Sato. Ya Mario, el Supervisor Minero, les avisó.

Entonces Satoshi llamó a su esposa para darle las siguientes instrucciones.
—El precio de cada token para quien quiera comprar es de cincuenta centavos. Por favor, toma el dinero de los ahorros y pon Q100.00 en la caja de la empresa por si llegan a comprar o vender tokens. Pero ojo, porque si llegan a vender solo puedes ofrecer doscientos tokens. El precio va a bajar, y solo eso tienes de liquidez.
—Pero, mi amor, tenemos que pagar la luz y las cosas de la casa. Necesito que sigas con la venta de lo del preminado que guardamos. Además, te quería preguntar cuántos tokens vas a hacer. Si fabricas un montón, el precio se irá para abajo porque el dinero es el mismo.

—Tranquila. Ya lo había pensado y voy a hacer solamente 21 millones. Y no los sacaré de golpe sino conforme los supervisores mineros vayan trabajando. Así, cada uno va a tomar más valor y van a poder jugar más juegos.
La esposa de Satoshi suspiró.

—Ajá… ¿Y qué hago si viene alguien que solo tiene Q0.25 y no puede comprar un token?
—Mira, cada token lo puedes partir hasta en dieciocho pedacitos. Eso permitirá que la gente llegue a jugar, pero tendrá menos de los diez minutos que permite un token completo. Aún así, la gente querrá venir a jugar. ¡Véndeles a todos!
—Bueno, Sato. Confío en ti. Te espero para cenar.

Satoshi se fue a la calle a buscar el dinero de la luz. Llegó con Guillermo, el dependiente de la tienda de la esquina y le dijo:
—Mire. Estoy lanzando esta moneda que se llama token, y yo he visto que la mayoría de los jóvenes de los arcades vienen aquí a comprarle dulces y frituras. ¿Qué pasa si yo le agrego publicidad en mi local para que ellos vengan a comprar solo aquí, a su tienda, y usted me paga por eso? Sería nuestra cuota de publicidad.

—¿Y cómo sé que los patojos no se van a ir a otra tienda?
—¡Buena pregunta! Pero vea, usted acepte algunos de mis tokens. Cada uno vale Q0.50. Con esto, usted puede venderles el producto y luego yo le cambio con mi esposa los tokens que tenga por quetzales. Así, seguro van a venir aquí para no tener que ir a cambiar en otro lado.
—Pero, ¿y si les tengo que dar cambio?
—Hagamos algo: cómpreme tokens y así usted tiene para dar cambio.
—No estoy muy seguro…
—Oiga, Guillermo. Le voy a vender 200 tokens a Q1.00 cada uno y además voy a necesitar que usted también lleve anotadas todas las ventas que haga. Una vez al día va a venir Aníbal, el Nodo Ayudante, para cuadrarle las cuentas y garantizar que vayamos cabales, ¿le parece?
—Sí, hagámoslo así. Eso me suena bien.
Satoshi logró hacer su segunda venta, pero esta vez la hizo a Q1.00 por cada token. Llevó el dinero a su casa y con eso pagó las cuentas. Había entonces en circulación 400 tokens y ellos habían logrado cobrar Q300.00, por lo que ahora el valor de cada token era de Q0.75.

¡Llegó finalmente el día de la apertura! Para poder jugar, cada jugador debía dejar anotado su correo electrónico. Cada uno recibió un código único de usuario y una billetera para que pudiera guardar sus tokens. Los juegos arrancaron y, poco a poco, el precio de los tokens empezó a subir. Guillermo empezó a vender más, los ayudantes nodos estaban haciendo buenas propinas y más personas vinieron a trabajar como nodos al local. Los supervisores mineros estaban ganando bien, y el precio seguía creciendo.

La casa de cambio de la esposa hacia canjes todos los días y cobraba un porcentaje para pagar las cuentas del local. El mismo Satoshi cambiaba un poco cada vez para hacer sus pagos. El token siguió creciendo, y las personas empezaron a utilizar estas monedas no solo para comprar videojuegos o golosinas de la tienda, sino para pagar otras cosas. Cuenta la historia que una vez, ahí por mayo, se vendió una pizza por casi 10,000 tokens que hoy serían equivalentes a millones de quetzales. Esto pasó hace 10 años.

Tiempo después, Doña Tere tuvo una necesidad de salud. Tomó sus ahorros y los gastó por completo en las cuentas de los hospitales, incluyendo los tokens que le compró a Don Sato. En ese momento, el precio de cada token era de Q10,000.00. Por supuesto: esto provocó una baja en el valor del token, pero este luego volvió a tomar su curso normal, como lo haría cualquier moneda. El token marcó una diferencia positiva para muchas personas.

A Satoshi le gustaba su modelo de negocio, pero no podía hacer nada respecto a sus usos. El negocio de los videojuegos funcionaba tan bien, que otros lo copiaron y agregaron funcionalidades. En lugar de ir al banco, acudieron al modelo de tokens de Don Sato, que les permitía a todos estar a cargo y llevar el control. Lamentablemente, el centro comercial se empezó a llenar de maleantes y estafadores que rápidamente encontraron la manera de vaciar los tokens de los incautos.

Eventualmente, Satoshi se hizó papá y un día decidió que era momento de llevar a su recién nacido a su natal Japón. Dejó a Guillermo a cargo del negocio y todos los participantes que ya se pagaban solos: supervisores mineros, ayudantes nodos, jugadores, compradores, negocios, etcétera. Incluso las esposas de los empleados del local hicieron su propia casa de cambio.

No se volvió a saber de Satoshi nunca más, pero hoy, aquel modelo que se planteó en un restaurante de comida en la sexta avenida de la zona 1 sigue vigente, tanto que los bancos y cajeros ya le están poniendo atención. Y, efectivamente, esta curiosa moneda se puede usar para todas las transacciones que se quieran comprar y vender con el dinero normal.

“En un futuro, las finanzas, las compras y las ventas estarán en control de todos y así viviremos más libres, sin gastos dobles y de forma transparente.” Esa fue la última anotación en la libreta de Satoshi.

Fin